Lo que de verdad le dice una bolsa de patatas (y usted no quiere saber)

Fecha: 
31/10/2014

Pocos productos hay en el supermercado que nos produzcan al consumirlos tanto sentimiento de culpa como las patatas fritas de bolsa. Las echamos al carro en previsión de un probable ataque de ansiedad a media tarde; y cuando este, por supuesto, se produce, abrimos la bolsa con la férrea determinación de comer solo cuatro o cinco porciones para, finalmente y con suerte, dejar poco más que unos diminutos trocitos en el fondo, aparentemente inaccesibles. Se han dado casos de gente que los rebaña utilizando los dedos humedecidos. Las patatas fritas tienen algo de adictivo y hasta su bolsa parece conscientemente diseñada para crujir tanto o más que ellas, de modo que resulte imposible no mirarla hipnotizados cuando oímos cerca de nosotros el característico y prometedor desgarro del papel satinado. Aunque no sea usted quien ha perpetrado la compra, la visión de la simple apertura horizontal de la bolsa a nuestro lado es una clamorosa invitación a meter la mano. Están buenísimas, de eso no hay duda, pero la perspectiva de la bolsa vacía (porque, reconozcámoslo: todos nos asomamos a ese fragante abismo en busca de un fragmento perdido) nos deja la sensación de que hemos hecho algo malo.

 

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