Nos la ponemos en la cara a diario; reímos, charlamos y estornudamos. La mascarilla se ha convertido en un icono forzoso de la pandemia, de uso obligatorio tanto para salir a la calle, como en espacios cerrados y en el transporte público.
Aunque han sido diseñadas para cubrir por completo tanto la nariz como la boca, y capturar las gotas respiratorias que expulsamos, no es raro verlas colgadas de las orejas o reposando como si fueran una barba en el cuello o en la barbilla. Recogemos algunas de las formas erróneas más comunes de colocarnos la mascarilla, y la explicación del epidemiólogo Joan Caylà de por qué no funcionan.