El plástico ha invadido de forma silenciosa nuestro día a día y se ha convertido en el eje de buena parte de la actividad económica. Basta con mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que vivimos rodeados de este material procedente de la industria petroquímica, que se emplea en una amplia gama de artículos: botellas, cepillos de dientes, utensilios de cocina, carrocería de automóviles… no tendría nada de malo si no fuese porque cada año llegan al océano al menos ocho millones de toneladas de plástico procedentes de residuos mal gestionados en los cinco continentes, lo que provoca daños en la vida marina. Otro problema está relacionado con su origen. Al provenir del petróleo, el carbono acumulado se moviliza a la biosfera como consecuencia del ciclo de vida de los plásticos, dando lugar a un incremento de las emisiones de CO2, con el consiguiente impacto en el calentamiento global. En el camino hacia la reducción de la huella medioambiental, han surgido soluciones como los bioplásticos, que aspiran a reemplazar a este omnipotente material en las aplicaciones donde puedan aporta valor.